En
esa casa había una mujer, y su hija, y la hija de su hija, que le decía abuela,
en su cara y con todo el cariño. Y hermana a la hermana antes que por su
nombre, aunque, por supuesto, lo sabía. Era común a todos, además, coger los objetos (siendo tan fácil
agarrarlos, o tomarlos) con una naturalidad abrumadora y casi nunca se daban
cuenta, por sí mismos, de la afrenta.
A
decir del mundo eran, por lo tanto, extranjeros. Aunque la afirmación sólo
fuera verdadera para el cincuenta por ciento de los habitantes de la vivienda,
todos en ella eran considerados españoles.
Una visita a
España lo arregló todo. No tuve más que abrir la boca para que quedara al
descubierto que hablaba con suavidad, más lento que el resto y utilizando un
buen número de palabras desconocidas para que a todo el mundo le quedara claro
lo que yo no acababa de entender: era mexicana (siempre y cuando no estuviera
allí).
