Es pequeña y, a veces, se siente. Le gustaría
saber cómo es que los demás la ven y, a veces, que no le importara demasiado.
Dice que no le gustan los espejos porque siente que la miran, aunque confiesa
no tener nada en contra de su reflejo con cara de niño y su poca vanidad la
achaca a un resabio de lo que en algún momento fue rebeldía convertida en
costumbre.
Nacionalidad tiene dos o ninguna y una historia,
que a ratos cambiaría por un paquete de cacahuates o un elote con queso. Es
distraída desde la risa hasta la desesperación (propia y ajena) y carece por
completo de sentido de la orientación, el resto no presenta mayores problemas.
Necesita lentes sólo para ver de cerca, tal vez
debido a un gesto de cortesía inútil de su cuerpo, empeñado en recordarle que
es lo más difícil, aunque bien podría tratarse de un defecto cualquiera.
Aunque es tímida, gusta de hablar por las ramas y
considera que es de un reduccionismo irrisorio pensar que las conversaciones
han de llevar siempre a algún lado.
Le teme a la locura más que a cualquier otra cosa,
aunque si le preguntan por qué tendría que confesar que no lo sabe, porque
hasta donde sabe, ésta sólo se ve desde afuera.
Señas distintivas: ninguna.