Bienvenidos sean a esta cueva. Es un lugar casi siempre oscuro, aunque de vez en vez algún evento natural que responde a causas ignotas o inexistentes (no ha sido posible establecerlo) da un golpe a la penumbra. Entonces este animal se vuelve hacia las paredes y lee lo que a continuación les comparte.
En aras de la justicia se ha de decir que no siempre es fortuito, algunas veces, haciendo de tripas corazón y siempre con una mano pegada a la pared, busca las grietas; otras tantas, se concentra en habituar los ojos a la oscuridad. Algunas cosas se leen mejor así.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sueño de la noche anterior


¡Qué curioso! Una escena doméstica en la cocina con mi padre, y un insecto que se convierte en jabón de manos y escapa. Asco. 

Yo, vestida de noche fumo un cigarro. Sola. 

Una comida familiar en cualquier lado: empiezan a sonar reproches como lluvia. Yo intento la calma pero me siento triste. Mi madre acaba de morir por segunda vez. 

Salgo a la calle con un plato de arroz en las manos y encuentro un camino que me invita a seguirlo. Es muy verde y cuesta arriba. 

Camino largo rato y agradezco el cansancio, sigo subiendo, escucho que el camino lleva a Rusia, lo ignoro, escucho una voz en ruso, sigo subiendo, uno que viene en dirección contraria me hace reír, sigo subiendo. 

Se siente bien saber que estoy tan lejos. Tengo tiempo antes de tener que volver a preguntarme a dónde voy. 

Llegué a un pequeño barco de turistas, me instalo. Se acercan voces familiares, no me inmuto. Tienen hambre, yo no. Me dejan sola. 

martes, 7 de julio de 2015

Cara o cruz



La moneda dijo águila y el corazón de Sara empezó a latir con fuerza; ese día, águila significaba salir de casa sin lentes. Mala suerte… pensó mientras hurgaba en su armario, tratando de dar con el tacto suave de la tela del abrigo verde. Lo encontró con facilidad. Estaba por cumplir seis meses de ceguera y, si bien dominaba ya el arte de moverse por su apartamento sin tropezar y le había tomado cariño a Bruno, su perro lazarillo, todavía se avergonzaba de salir a la calle sin lentes oscuros.
Ella lo consideraba ridículo, por supuesto, pues además de que sabía que no había nada de desagradable en sus ojos (salvo, tal vez, la mirada perdida) a su juicio constituía un desequilibrio en el orden de las cosas el que un ciego se preocupara por cómo se veía. Para Sara aquello era el colmo del absurdo y no podía tolerarlo, pero la vergüenza no se iba, no lograba dejar de sentirse desnuda sin las gafas. Así fue como nació el ritual del azar, aproximadamente a un mes del accidente y tan pronto como ella fue capaz de saber, por el tacto, de qué lado había caído la moneda.
Apenas terminó de vestirse, tomó su habitual café con leche y se preparó para salir. Cogió su bolso y un paraguas, el aire olía a nublado, y llamó a Bruno mientras buscaba las llaves sobre la mesita del recibidor; su mano dio accidentalmente con las gafas y en ese momento se sintió tentada a mentirse a sí misma y repetir el volado, tal vez había suerte… No pudo hacerlo, la sensación de la mirada de decepción del perro la abrumó de tal manera que sintió ganas de echarse a llorar.
Ya en la calle pidió fuego a un muchacho que se acercó para ayudarla a cruzar y comenzó a fumar. Desde que estaba ciega fumaba menos, no porque se lo hubiera propuesto, simplemente había dejado de hacerlo en su casa por miedo a dejar cenizas por todos lados. Sara sonrió ante este pensamiento, era la primera vez que le encontraba una ventaja a su condición.
No quiso dejar que fuera la única, la espontánea inmersión en un mundo completamente nuevo tenía que conllevar ventajas, sólo debía aprender a buscar. Paseó por el parque largo rato y empezó a darse cuenta de que percibía los olores con mayor claridad, incluso sabía en qué parte del camino se encontraba en función de la intensidad de cada aroma: los cítricos indicaban que estaba en la primera bifurcación, el olor a tierra mojada le avisaba que se acercaba a la rotonda y a su fuente, mientras que un olor intenso que aún no sabía clasificar la invitaba a darse prisa porque anticipaba la zona en que jugaban los niños.    
Entonces recordó la moneda. La llevaba siempre consigo aunque sólo la utilizaba una vez al día, por la mañana. Pensó que podría sacarle más provecho. ¿Por qué limitarse a dejar el uso de los lentes al capricho del azar, cuando éste parecía estar presente todo el tiempo? Lo más inteligente era jugar su juego.
A partir de ese momento Sara resolvía con el ritual del azar cualquier decisión a la que tuviera que enfrentarse, desde la ropa que usaría ¿El vestido que está en el extremo izquierdo o el de la derecha?, ¿Contestar o no el teléfono? Todo quedó supeditado al ritual del azar, y Sara por fin pudo dormir tranquila. 

Fe

No es que no tenga fe,  lo que no tengo es dios.  Es cierto.  La gente me dice cosas y yo les creo.  Cosas que no he visto ni pod...