Bienvenidos sean a esta cueva. Es un lugar casi siempre oscuro, aunque de vez en vez algún evento natural que responde a causas ignotas o inexistentes (no ha sido posible establecerlo) da un golpe a la penumbra. Entonces este animal se vuelve hacia las paredes y lee lo que a continuación les comparte.
En aras de la justicia se ha de decir que no siempre es fortuito, algunas veces, haciendo de tripas corazón y siempre con una mano pegada a la pared, busca las grietas; otras tantas, se concentra en habituar los ojos a la oscuridad. Algunas cosas se leen mejor así.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Y tú, ¿qué haces?




(Mi intervención en el Panel: Filosofía para Niños, celebrado el 11 de octubre del 2016)


La reacción cuando me preguntan a qué me dedico, y explico que doy clases de filosofía en primaria nunca es muy distinta: una mueca de sorpresa, seguida de más preguntas, entre incrédulas y burlonas: Y… ¿sí te hacen caso?, pero... ¿te entenderán algo los niños? En este punto, mis respuestas oscilan entre una sonrisa amable y un intento de explicación más amplia de lo que hago, según el tiempo del que disponga, la persona que pregunta y mi estado de ánimo en ese momento.

Aprovecharé esta ocasión en que se combinan favorablemente los factores de tiempo, ánimo  y audiencia que me permiten dar respuesta a esa pregunta como me gustaría hacerlo siempre, para no quedarme con el resquemor que me dejan tales conversaciones. ¿No se les ocurre que tal vez sea fascinante o muy divertido?

Aunque no dejen de irritarme, puedo pensar que el que los interrogatorios vayan más en el sentido de si los niños se interesan y menos en el de si es algo posible y disfrutable, no es enteramente culpa de mis interlocutores, se debe más bien a una concepción equivocada de la naturaleza de la filosofía y su enseñanza, que ha permeado desde hace no sé cuánto tiempo tanto entre los que tienen con la filosofía una relación más o menos cercana, como entre aquellos a quienes les resulta bastante ajena.

Esta concepción equivocada descansa en dos supuestos fundamentales: la filosofía es incompatible con la infancia y hay una diferencia entre enseñar filosofía y hacer filosofía, ninguno de los cuales tienen cabida en la propuesta de Filosofía para Niños.  

Voy a atender primero el último punto, anticipando la réplica de que no siempre que haces filosofía la estás enseñando, eso es desde luego verdadero, sin embargo, no sucede lo mismo a la inversa: no puedes enseñar filosofía sin hacer filosofía. Se podrá enseñar historia de la filosofía, nombres de filósofos, incluso algunas ideas filosóficas, pero no filosofía, pues ello implica la puesta en práctica de una serie de métodos y disposiciones que te llevan a pensar filosóficamente, es decir, a hacer filosofía.

De más está decir que la exposición de cierta idea filosófica, con la consiguiente solución por parte de un autor determinado, puede ser un excelente estímulo para que algunos estudiantes comiencen a pensar en ella poniendo en juego habilidades propias de la filosofía, pero esto será producto del azar o de las propias disposiciones de los estudiantes y en escasa medida mérito del profesor; sin embargo, esto no tendría que ser así. Volveré a este punto más adelante.  

Me permitiré aclarar que cuando hablo de hacer filosofía no me refiero a pensar en ideas filosóficas en las que nunca nadie haya pensado antes, eso sería demasiado ambicioso además de difícilmente justificable, por hacer filosofía quiero decir pensar poniendo en juego las habilidades propias del quehacer filosófico, tales como la atención a la coherencia, la investigación de posibles implicaciones y alternativas, la búsqueda de supuestos subyacentes, de claridad conceptual, de buenas razones, etcétera.

En este proceso, bien puede suceder que se genere al interior del grupo una idea, o una forma de plantear un problema, en donde sea imposible no reconocer el pensamiento de tal o cual filósofo, pero eso no es lo importante, lo relevante es que, para ese grupo, la idea es original, porque sus integrantes llegaron a ella por sí mismos, a través de su propio proceso de pensamiento.

No puedo dejar de hacer énfasis en este aspecto. Es abismal la diferencia entre concebir una idea que surge del genuino deseo de entender y aprender una idea similar, más refinada, si quieren, en calidad del legado de algún gran pensador. En el primer caso podemos decir que la idea pertenece a los integrantes del grupo donde surgió; en el segundo, no, porque su papel se reduce al de meros depositarios del pensamiento de otros. La propuesta de Filosofía para Niños está cuidadosamente diseñada para facilitar que en el aula, convertida en una comunidad de indagación, suceda la primera de las dos alternativas.

Ahora bien, ¿puede todo eso suceder cuando se trabaja con niños? Cualquier cosa puede servir como detonante para desencadenar una indagación filosófica, quiero decir, la experiencia está llena de interrogantes que pugnan por cobrar sentido, especialmente en el caso de los niños, al estar menos habituados al mundo en el que viven, lo cual es una ventaja por lo que respecta a mi pregunta, pues la disposición, las ganas, el asombro y la búsqueda ya están ahí. En lo tocante a su capacidad para pensar filosóficamente, queda demostrada en la forma en que los niños se expresan, pues pensamiento y lenguaje están íntimamente ligados.

La propuesta de Filosofía para Niños parte de este supuesto: a los niños no sólo les gusta sino que pueden y tienen el derecho a pensar sobre aquello que les importa. Creo que la relación entre la infancia y la filosofía está presente en muchas actitudes cotidianas de los niños, resultado de su inagotable esfuerzo por dar sentido a su experiencia, que con frecuencia dejamos pasar de largo con un dejo de condescendencia, entre ternura y risas.

En la medida en la que los niños den evidencias, en su hablar cotidiano, de los procesos de pensamiento que son capaces de realizar, no encuentro motivo que pueda justificar que sean incompetentes cuando se trata de hacer filosofía, pues las habilidades que paulatinamente ponen en juego son, aunque de manera menos refinada, las mismas. Sostener que para que un individuo sea capaz de hacer filosofía hay que esperar a que posea ciertas habilidades desarrolladas en su forma más refinada, en lugar de partir de las que ya tiene para impulsarlo a pulirlas al tiempo que se desarrollan otras nuevas me parece un desatino.

Tomemos el ejemplo de una niña pequeña que está acostumbrada a comer uvas sólo en las fechas cercanas a fin de año. En una ocasión, le ofrecen la fruta en marzo y exclama ¿Ya tan rápido se va a acabar este año?

Si observamos con un poco más de atención, descubriremos que detrás de la pregunta hay un proceso de razonamiento bien realizado. El fallo no está en la lógica, sino en la información que está (o no) tomándose en cuenta al momento de inferir. Ahora bien, si la respuesta al comentario sobre fin de año se reduce a una simple negativa, la experiencia permanece como algo desconcertante para esa niña; en lugar de eso, podríamos tratar de entender (preguntándole) qué le hizo pensar eso y acompañarla en el proceso de descubrir lo que falló.

Esa diferencia tiene implicaciones profundas: En primer lugar, desestimar el pensamiento de alguien por encontrarlo extraño o equivocado enviará el mensaje de que éste es irrelevante o inadecuado, lo que es una sutil invitación a dejar de hacerlo; en contraste, estimular a una persona a seguir pensando, es el primer paso para ayudarla a hacerlo cada vez mejor.  

En este punto me gustaría retomar la cuestión que había dejado pendiente sobre lo fortuito de que los estudiantes, en las clases de filosofía tal como las conocemos, hagan, en efecto, filosofía. Considero que cuando esto sucede es porque se da prioridad al contenido y no a la indagación filosófica.

Filosofía para Niños, por su parte, propone la exposición de ideas filosóficas entreveradas con situaciones de la vida cotidiana de personajes de novelas con las que los niños pueden identificarse fácilmente, como punto de partida para una discusión filosófica.

El profesor, en este caso, juega el papel de árbitro, facilitador y modelo de una inagotable búsqueda de sentido, que consiste en mantener la dimensión filosófica de la discusión y ayudar al grupo a establecer criterios, distinciones o implicaciones importantes cuando juzgue que son necesarias para entender mejor y los niños tengan problemas haciéndolo por sí mismos, de esta manera, las habilidades de pensamiento se perfeccionan poniéndolas en práctica voluntariamente y no en calidad de ejercicios obligatorios articulados según lo que pensamos que los niños son o no capaces de hacer, sino atendiendo a lo que en realidad pueden hacer cuando se discute directamente con ellos.

Los resultados de este proceso no dejan de sorprenderme. Dejaré que algunos ejemplos sirvan como respuesta a la pregunta que dije que iba a contestar desde el inicio (¿Te entenderán algo los niños?). Un alumno de 6° de primaria explicó a sus compañeros por qué algunos conceptos forman parte de un conjunto y otros no de la siguiente manera: Los grupos de palabras tienen subcategorías, cualquier objeto puede entrar a otro grupo siempre y cuando quepa y pase por la puerta del significado…al tiempo que hacía el diagrama en el pizarrón, tras pensarlo un momento agregó: es parecido a lo que pasa con los grupos de personas, para entrar tienes que tener unas características específicas, sino no te aceptan y te tienes que ir a buscar otro grupo.  


Después de una sesión con un grupo de 4° de primaria en la que discutíamos ¿cómo sería saberlo todo? uno de los niños terminó afirmando que el conocimiento nos permite hacer, en nuestra mente, un cortometraje del futuro, aunque el futuro completo no lo podamos saber y otro dijo que él se quedaba pensando que tal vez de alguna manera ya lo sabíamos todo, pero lo que hacía falta era que nuestro cerebro interpretara tanta información y a eso es a lo que le llamamos aprender.    

Fe

No es que no tenga fe,  lo que no tengo es dios.  Es cierto.  La gente me dice cosas y yo les creo.  Cosas que no he visto ni pod...