Él fumaba en pipa, pero lo mismo podía haberle dado por hacer otra cosa, como jugar al solitario o comerse las uñas. Aunque sí se tranquilizaba contemplando las figuras que dibujaba el humo, porque lo hacían sentir acompañado en su penoso desconcierto: no eran, así, sus pensamientos lo único confuso en aquella habitación.
Estaba sentado en una sillita de madera con la espalda demasiado recta y las piernas formando una escuadra perfecta, en una posición a todas luces incómoda. Todo lo contrario de ella, quien yacía en el mullido sillón tinto que alguna tarde de hace-ya-cuánto-tiempo habían decidido colocar en el estudio, bajo la ventana grande.
La realidad se introducía esa tarde en la habitación, en forma de un haz de luz que bañaba la espalda de ella y las piruetas del humo de mi pipa.
Bañaba la espalda que me daba o el rostro que se negaba a ofrecerme. Podía seguir el ritmo de su respiración con la mirada, en una gesto se cifran a veces tantas cosas -aquí estoy, tócame, dice la espalda jugando con la luz- que dejé de comprender al detenerme a pensarlo.
Sólo veo una espalda bañada por la luz de la tarde, señalada, aquí estoy, tan cerca. No puedo.
Me traicionan las rodillas ante el solo pensamiento de estirar la mano, así que me concentro en sumar a los lunares de tu espalda las veces que he fallado en decirte que te quiero.
