Mi madre me dejó
lecciones
para sobrellevar
un domingo por la tarde
en sobrecitos
que sólo se dejan ver
a contraluz,
cuando estás
cansado
de respuestas
en falso.
Me dejó también
las palabras justas
en la boca.
Incomprensibles verdades,
silencios incomprensibles,
verdes tardes
enmohecidas de espera
y sobresaltos.
Sin ranas
que me dieran pistas
-con su ronco croar-
de la pregunta
que se pudre en el fondo.


