Con la anuencia de todos los participantes les comparto este cadáver exquisito cuyos autores son: Alejandra Apodaca, Alejandro Cabello, Andrea Díaz, Daniel Gómez y Gina Kincowitch.
PARTE 1:
Mariano se movía inquieto por
su habitación, revolviendo los cajones de su armario sin saber exactamente qué
buscaba; sentía que olvidaba algo y se le estaba haciendo tarde para entregar
el manuscrito de su obra. Tenía hasta las 6:00 para llegar al despacho de su
jefe, el Sr. Toscano, un hombre bajito y feo quien figuraba en su imaginación
como un eunuco hedonista que se había extraviado de alguna suerte de
tragicomedia que, seguramente, no había leído completa antes de rechazar.
La ligera irritación que
provocaba la forzada parsimonia de sus movimientos y su reposado tono de voz,
siempre plagado de eufemismos había evolucionado en Mariano hasta convertirse
en un odio indeleble. Pero era su jefe, qué podía hacer.
Miró el reloj. No quedaba
tiempo de seguir buscando (tal vez ni siquiera se le olvidaba nada), se enfundó
el impermeable púrpura que le había regalado Julia, la mujer con quien mantuvo
un romance en que ninguno de los dos hizo gala de madurez o compasión o, en
pocas palabras, su exnovia. Bajó corriendo las escaleras y se dirigió al número
25 de la calle Mandrágora.
Eran las 5:48 cuando se plantó
delante del elevador oxidado. Entró, pulsó el número 8 y esperó. Con una ligara
vibración el viejo aparato comenzó a desplazarse hacia arriba.
PARTE 2:
Cuando estaba a punto de llegar al piso que le correspondía, Mariano
sintió una fuerte punzada que le recorría toda la cabeza, miró a su alrededor
pero recordó que iba solo, aguantó hasta que pudo salir de ahí y de inmediato
corrió a la primera silla que pudo encontrar. El dolor era constante y muy agudo,
se tocaba la cabeza y gemía con esperanzas de que se le pasara rápido. Sentía
que algo lo estaba consumiendo y lo atravesaba como un filoso cuchillo lleno de
odio. Estaba a punto de gritar cuando su vista se nubló.
No pudo definir cuánto
tiempo estuvo inconsciente pero de pronto el dolor cesó. Mariano movió la
cabeza de lado a lado para asegurarse de que efectivamente se había disipado.
Pudo notar que algo a su alrededor había cambiado, percibía todo de manera
diferente. El jarrón que estaba frente a él con un par de rosas rojas lucía
exquisito, podía diferenciar entre la textura de sus hojas y pétalos. Afuera en
el ruido de la ciudad, era capaz de saber de dónde provenían los diferentes
sonidos que se mezclaban para darle lugar al ambiente fugaz de esa gran
metrópoli.
Se sentía diferente
pero no lo podía explicar. Miró su reloj y desde las 5:48 que se plantó frente
al elevador para subir con el Sr. Toscano sólo habían pasado cuatro minutos,
eso lo desconcertó pues sintió que había sido una eternidad. No le dio mucha
importancia, por fin llegó a la puerta del despacho de su jefe y giró la
perilla para entrar. Sólo deseaba que el manuscrito de la obra que llevaba en
sus manos fuera de su agrado.
PARTE 3:
Aunque el dolor había cesado, dejó cicatriz. Mariano, todavía titubeante
y extraviado de sí mismo hizo un saludo levantado la mano izquierda, con la que cargaba el manuscrito de la obra que debía entregar, con
la otra ayudaba a su cabeza. Sólo atinó a decir:
–Buenas. El Sr. Toscano, hablaba
por teléfono, se limitó a echarle una mirada y mover el cuello hacia algún lado
para indicarle que podía entrar. Caminó en dirección a la silla que estaba
frente a su jefe.
Sin darse cuenta, Mariano no podía dejar de
ver el ventanal, se concentraba tanto en los bordes de fierro y en los cortes
del vidrio, que pensó seriamente que él podría ser un buen herrero. Lo meditó
por tanto tiempo, que cuando el Sr. Toscano colgó la llamada, Mariano ya se
había olvidado qué estaba haciendo allí.
-¿Qué pasó Mariano, ya tienes
el manuscrito?
Mariano hizo un enorme esfuerzo para prestar la atención que debía y,
regresando los ojos donde su jefe le dijo:
-¡Sí! -muy efusivo. Después entre dientes un tenue -Señor Tos…cano.
Al tiempo que extendía la mano para ofrecerle un legajo de hojas, por
suerte engargoladas (sino qué hubiera sido de ellas cuando Mariano se descubrió
semiconsciente).
-¡Pero qué es esto! –gruñó su
jefe –es una broma de un gusto muy estúpido Mariano, ¿qué tratas de obtener?
-Pe… Pero Sr. Toscano, no lo
entiendo, ¿qué es lo qué está pasando? es el manuscrito en el que trabajé los
últimos seis meses.
Mariano se sentía y se sabía tan diferente después de esos cuatro
minutos, que no pudo hacer otra cosa más que arrebatar de las manos del jefe el
cuadernillo que acababa de entregar, sólo para darse cuenta, al hojearlo, que
estaba completamente en blanco, allí no había nada.
No volteó más al ventanal, ni a ver a su jefe, sintió el impulso de
correr. Lo hizo.Notó que sus pies no tocaban el piso, flotaba. Pero en realidad
sólo era su propia necesidad de verse engullido esperadamente por el mismo
infierno y desaparecer, sin dar una explicación que no traía puesta antes de
entrar por la puerta.
PARTE 4
¿Dónde estaba el trabajo que, sabía, debía estar en lugar del legajo de
hojas blancas? ¿Cómo podía siquiera saberlo? ¿Había acaso sufrido un episodio
novelesco de amnesia? Pero, ¿cómo recordar lo que no se sabe si se supo en
algún momento, sin tener una pista, una huella, un indicio, una silueta, una
sombra, un destello, un escozor, un eco, un regusto, un bosquejo, vamos, un
cabo suelto?
Peor aún, su único hilo conductor era un paquete de hojas
engargoladas en las que nada había escrito y que, en principio, algo tenían que
contener. ¿De qué manera, pues, habría de proceder si su punto de partida era
una ausencia hasta ese instante indistinguible del vacío?
-¡Explíquese, pues, y quite esa cara de idiota!- demandó el señor
Toscano, devolviendo inmediatamente su gruñido iracundo una pizca de realidad
al embrollo que era la cabeza de Mariano.
-Precisamente lo que intentaba, señor, pero resulta mucho más difícil de
lo que podría haber imaginado. Lo que no logro entender es cómo saber si he
olvidado algo o si simplemente nunca lo supe.
-¡Qué estupidez! Pero claro que se puede saber si algo se ha olvidado...
por mi madre si recuerdo cómo hacer una raíz cuadrada, pero sé que cuando era
chico lo aprendí.
-¿Y cómo sabe que en verdad lo aprendió?
-¿Estás cuestionando mi educación? Porque puedo demostrarte que atendí a
las mejores escuelas que este país de mierda puede ofrecer.
-No, no, señor. Lo que intento decir... imagínese que no recordara haber
ido a la escuela y que alguien le preguntara si alguna vez aprendió cómo hacer
una raíz cuadrada. ¿Qué podría responder?
-Bueno, pues que alguien como yo alguna vez debió interesarse en el tema
y lo aprendí por mí mismo.
-¡Pero si no recuerda!
-Entonces lo habré olvidado.
-¿Y como le demostraría al otro que lo olvidó y no que nunca lo supo?
-Haciéndolo, claro está.
-Discúlpeme, señor, pero no creo que usted pueda hacer algo que ha
olvidado. Como verá, esa es toda la explicación que puedo ofrecerle: hace cerca
de diez minutos he despertado sentado en una silla, sin saber nada más que
debía entregarle ese trabajo; así que, o he olvidado qué sucedió con mi
trabajo, o bien nunca he sabido qué ocurrió con él.
PARTE 5
“Sobre los lugares que no son. Sobre los lugares que no son, se
construyen grandes y complejas estructuras solamente inteligibles para las
mentes más creativas, con el menor
vínculo de las “pizcas” de realidad.
El hipervínculo en el sentido de lo estrictamente tocable, de lo que se
puede ver, sentir, admirar, adquiere un ínfimo ser en cuanto a su forma de lo
real. ¿Qué es lo real? ¿Es real la realidad? Lo real sólo son migajas de lo
imaginario desarticulado; ver grandes extensiones en una infinita variedad de
verdes en sus variopintas tonalidades, un pájaro, un árbol y cuanta diversidad
de formas, animadas e inanimadas, sólo donde no las hay; casualmente existen
allá donde no las hay.
Se invocan escenarios de sueños recurrentes: una sala, una pequeña caja
de madera que es el sostén de un viejo televisor, la parte de atrás compuesta
por la cocina en la que miles de cerditos han sido cocinados y posteriormente
engullidos por un puñado de trogloditas.”
PARTE 6:
Tales pensamientos abandonaron a Mariano y a su
impermeable, para fundirse con el viento mientras caminaba de regreso a casa; sin
embargo, estos fueron a impactársele a Julia en la cara acompañando a las gotas
de lluvia, mientras ella contemplaba, primero distraída, la mancha púrpura que
se desplazaba con dificultad seis pisos debajo de la ventana por la que ella se
asomaba. Sonrió ante la idea de lanzarle algo y aplastarlo, como en las
caricaturas. No lo hizo.
Lo perdió de vista y pronto se encontró de nuevo absorta
en las divagaciones que la habían llevado a la ventana; la coreografía del humo
de su Faro (sin filtro) al ritmo del viento le recordó su infancia junto al
mar, con el mar llegaron sus abuelos, y con ellos los cuentos de antes de ir a
dormir.
Podría llorar –pensó- pero ya las gotas de lluvia rodaban
por sus mejillas, y no hacía falta el gesto para que su tristeza fuera más
real.
PARTE 7
Sólo derramó una
lágrima y sintió unas ganas voraces de escribir para perderse en las palabras y
olvidar todo lo que estaba pasando.
A medida de que lo
hacía, su odio dominaba el control de la escritura y no dejaba de pensar en
Mariano. En lo que habría pasado si no lo hubiera perdido de vista
mientras lo miraba por la ventana, o si en realidad habría sido capaz de
aventarle cualquier cosa y hacer que desapareciera de su vida (y de la faz de
la tierra).
No
despegó su mirada del cielo, contemplaba un atardecer carmesí con las últimas
gotas de lluvia. Había algo en esa lluvia, un veneno que de pronto la
volvió fría y calculadora, dándose cuenta de su realidad. Inmediatamente su
semblante cambió y se quedó estática mirando fijamente hacia un libro de armas
de fuego que era de su abuelo.
Le vino una idea, vaga pero que creía sería la solución a
todo, nunca antes se había sentido con tantas ganas de hacer algo sin pensarlo
tanto. Enseguida corrió por la habitación buscando su abrigo y se dirigió
hacia la puerta, de nuevo al exterior, para ver si eso que buscaba le
podría devolver la vida.
Julia
había perdido la razón.
PARTE: 8
Al abrir la puerta, las gotas de lluvia volvieron a sonar como alubias
contra el piso. La calle, cada vez más parda, no pudo impedir que Julia se
olvidara de la idea tan arrebatada que le había brotado como recién salida de
la tierra. Se ciñó el abrigo, caminaba desquiciada, con los ojos más que
abiertos, las manos pulsantes, y si te
detienes a mirarle la quijada sabrás que no cabía ni el aire.
Como perra de
caza fue siguiendo el olor de Mariano que no le llevaba mucha ventaja, dobló en
la primera cuadra a la derecha, caminó catorce minutos más y volvió a doblar a
la derecha, Julia no sabía adónde iba, y no le importaba, pero en su demencia
sabía que estaba por llegar, su corazón brincaba, le regresó el flashazo del
libro de armas de fuego de su abuelo.
Vio a Mariano corriendo con desatino, como si supiera que alguien le
seguía. Era torpe, en algún punto de la calle de casa de Julia, había errado el
camino a la suya. Lo contrario de Julia, quien apresuraba los pasos hacia una
roca que brillaba casi llamándola (aunque quizá era el reflejo de la luz en el
agua); la tomó entre las manos, le rezó, apuntó a la cabeza de Mariano y no
falló.
Él cayó de bruces sobre el pavimento mojado, en ese instante cesó la
lluvia de nuevo, quizá era porque Julia la controlaba, no se sabe.
Julia volviendo en sí, gritó
desesperada -¡Mariano!- Pero Mariano no despertó, ahora él era el inconsciente.
Parte 9
Apurada, sin preocuparse por sortear los charcos productos de una lluvia
rendida, Julia corrió hasta el cuerpo de Mariano y lo pepenó infructuosamente,
¡el libro de su abuelo no estaba! Ya no,
ni en su mente, ni en su mano. Se tiró al piso, tan inmóvil como el cuerpo que
junto a ella mojaba con su sangre el agua caída del cielo.
¡Qué desperdicio -pensó delirante-, morir para regar las aguas, como si
les faltara!
Se incorporó frustrada. Una solitaria gota de lluvia se adelantó,
bañando los ojos de Mariano del espectro de su último arco iris.
¡Bah, él recibe belleza y yo debo desandar sus pasos! ¡Absurda justicia
poética!
Caminó en espiral, con el delirio doblando su espalda, investigando el
suelo en busca de las huellas, pero el agua ya las había bebido.
-¡Maldita -aulló-, sedienta de huellas y sangre, deja algo para quien
algo busca sin encontrar! ¡Si te has atrevido a culparme, arrancaré, una a una,
por pequeñas que sean, todas tus gotas y las expondré al calor del fuego o a
los rayos del sol mientras miras, bastarda!
Parte 10
Mariano se despertó agitado, sudoroso, al borde del grito en una cama
que no era la suya, con la sensación de ya haber estado allí. Pensó, tocándose
la cabeza, ¿todavía? ¿Qué hace ese maldito dolor aquí? De a poco, miró las cosas
de la habitación: la lámpara que había comprado para el escritorio, el armario
que tenía el cajón en el que había dejado el manuscrito, el ventanal casi
idéntico al de la oficina del Sr. Toscano.
Sin darse cuenta, reconoció, ¡Pero si era la
casa de Julia! -cómo era posible si
ayer… si yo llegué a…-pensaba y lo único
preciso era el dolor de cabeza. Nada era claro, sólo el dolor punzante, el delirio
de persecución, la lluvia que todavía sonaba, el impermeable purpura en la
silla como si lo hubieran dejado adrede para estilarlo, la charla rarísima con su jefe, las flores
del florero, el elevador, su manuscrito…
Julia aparece como sombra, larga, oscura, separada. Mariano la mira
desorientado y con escalofríos. Ella se recarga en el ventanal y saca del
último barrote el cigarro que no había terminado la noche anterior; lo
enciende, lo fuma y al tiempo de exhalar el humo, sólo dice: Yo fui.

No hay comentarios:
Publicar un comentario