La moneda dijo águila y el
corazón de Sara empezó a latir con fuerza; ese día, águila significaba salir de
casa sin lentes. Mala suerte… pensó mientras hurgaba en su armario, tratando de
dar con el tacto suave de la tela del abrigo verde. Lo encontró con facilidad.
Estaba por cumplir seis meses de ceguera y, si bien dominaba ya el arte de
moverse por su apartamento sin tropezar y le había tomado cariño a Bruno, su
perro lazarillo, todavía se avergonzaba de salir a la calle sin lentes oscuros.
Ella lo consideraba ridículo, por supuesto, pues
además de que sabía que no había nada de desagradable en sus ojos (salvo, tal
vez, la mirada perdida) a su juicio constituía un desequilibrio en el orden de
las cosas el que un ciego se preocupara por cómo se veía. Para Sara aquello era
el colmo del absurdo y no podía tolerarlo, pero la vergüenza no se iba, no
lograba dejar de sentirse desnuda sin las gafas. Así fue como nació el ritual
del azar, aproximadamente a un mes del accidente y tan pronto como ella fue
capaz de saber, por el tacto, de qué lado había caído la moneda.
Apenas terminó de vestirse, tomó su habitual café
con leche y se preparó para salir. Cogió su bolso y un paraguas, el aire olía a
nublado, y llamó a Bruno mientras buscaba las llaves sobre la mesita del
recibidor; su mano dio accidentalmente con las gafas y en ese momento se sintió
tentada a mentirse a sí misma y repetir el volado, tal vez había suerte… No
pudo hacerlo, la sensación de la mirada de decepción del perro la abrumó de tal
manera que sintió ganas de echarse a llorar.
Ya en la calle pidió fuego a un muchacho que se
acercó para ayudarla a cruzar y comenzó a fumar. Desde que estaba
ciega fumaba menos, no porque se lo hubiera propuesto, simplemente había dejado
de hacerlo en su casa por miedo a dejar cenizas por todos lados. Sara sonrió
ante este pensamiento, era la primera vez que le encontraba una ventaja a su
condición.
No quiso dejar que fuera la única, la espontánea
inmersión en un mundo completamente nuevo tenía que conllevar ventajas, sólo
debía aprender a buscar. Paseó por el parque largo rato y empezó a darse cuenta
de que percibía los olores con mayor claridad, incluso sabía en qué parte del
camino se encontraba en función de la intensidad de cada aroma: los cítricos
indicaban que estaba en la primera bifurcación, el olor a tierra mojada le
avisaba que se acercaba a la rotonda y a su fuente, mientras que un olor
intenso que aún no sabía clasificar la invitaba a darse prisa porque anticipaba
la zona en que jugaban los niños.
Entonces recordó la moneda. La llevaba siempre
consigo aunque sólo la utilizaba una vez al día, por la mañana. Pensó que
podría sacarle más provecho. ¿Por qué limitarse a dejar el uso de los lentes al
capricho del azar, cuando éste parecía estar presente todo el tiempo? Lo más
inteligente era jugar su juego.
A partir de ese momento Sara resolvía con el
ritual del azar cualquier decisión a la que tuviera que enfrentarse, desde la
ropa que usaría ¿El vestido que está en el extremo izquierdo o el de la
derecha?, ¿Contestar o no el teléfono? Todo quedó supeditado al ritual del
azar, y Sara por fin pudo dormir tranquila.

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