Tal vez ha dejado de resultar sorprendente a fuerza de escucharlo, pero creo que debería de resultar cuando menos extraño, por lo menos después de pensarlo dos veces, que la filosofía se vea como una disciplina alejada de la sociedad, si tomamos en cuenta el tipo de problemas de los que ésta se ocupa (y se ha ocupado siempre). Me permitiré plantear algunos en forma de pregunta, por ser ésta la forma más justa de formular la reacción al asombro y el punto de partida de todo quehacer filosófico: ¿Qué está bien?, ¿cómo debemos vivir?, ¿qué cosas podemos saber?, ¿cómo conocemos?, ¿qué es la verdad?, ¿qué es la justicia?, ¿por qué existimos?, ¿cuál es la mejor manera de relacionarnos los unos con los otros?, ¿cómo nos relacionamos con todo lo que nos rodea?
Sabiendo que no se trata, ni se acerca siquiera, a una lista exhaustiva, todas las preguntas anteriores tienen una cosa en común: son planteamientos similares a aquellos en torno a los que giran muchos grandes sistemas o debates filosóficos, y han cruzado por la cabeza de casi cualquier persona.

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