Perdí la paciencia
a gajos,
que luego pisé:
atenta al crujir de
su sabor
para jugar al
columpio
entre grietas colmadas
hasta el
atardecer
de tu sonrisa.
El hinalar de mis
hombros
como un ramo de
hormigas
tras la lluvia:
hinchadas de
llorar
soledades a punto
de turrón,
tuertas de sal
que no escarnece.
Se me fue el sol
de la memoria
del cuerpo,
en el abrazo.

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